Le echó la capa, del blanco más puro, sobre los hombros, y la abrochó con un pequeño broche en forma de león, el símbolo de su linaje. Ella enredó los dedos en su cabello claro y sonrió, mirándole a los ojos por primera vez, aunque sin poder evitar que una lágrima, fría como el hielo y pura como el más bello diamante, rodase por su mejilla.
Se secó las lágrimas con la manga de la túnica, y, comprobando que la espada iba bien ajustada al cinto, montó en el bello corcel que uno de los siervos había preparado para ella.
El Sol comenzaba a dejarse entrever entre los jirones de la niebla matutina, y arrancaba destellos irisados del escudo del caballero, mientras la cruz de sangre refulgía sobre su manto blanco.
Él no se atrevió a mirarla a los ojos por última vez.
Jean, Caballero Hospitalario:
Todo había comenzado una noche de septiembre, cuando Jean se descubrió a sí mismo solo y sin más compañía que lo puesto y algunas ratas que roían sus pantalones en la esquina de un sucio y maloliente callejón de alguna anónima ciudad del Este. Sólo contaba con trece años escasos, pero ya era delincuente, curandero y embaucador. Se ganaba la vida vendiendo remedios contra los dolores de estómago en la plaza del mercado. Él mismo los fabricaba, recogiendo las hierbas medicinales de los jardines de los señores o de los parques públicos; de vez en cuando asaltaba las farmacias.
Unos fieros ojos azules miraban desdeñosamente al mundo tras la cortina de pelo oscuro que le caía sobre el rostro. Tenía la tez tan pálida como el mármol, tras la capa de mugre que la cubría. Era astuto, inteligente y vivaz, y más de una vez había logrado salvarse de los Tribunales del Santo Oficio y de la hoguera, así como de los calabozos de la ciudad.
... Y llegará el día en que Nosotros, los repudiados habitantes del subsuelo, de la Oscuridad y de las entrañas de la Noche, nos alzaremos sobre el suelo bañado por el Sol rojizo del atardecer. Y confluirán en la bóveda celeste el Astro Rey y la Señora de la Noche, la Luna infectada y henchida de sangre, sangre hereje.
Y entonces Nosotros, los Hijos del Odio y los Desheredados, tendremos en nuestras manos el Mundo. Y los mortales perecerán, pero la semilla de la demencia permenecerá por siempre oculta en las grietas de esta tierra yerma, y algún día germinará y dará lugar a una mata de espinos, del color negro de la Noche, que rasgará la carne de los Bellos y Apuestos y apresará su corazón, arrancándoselo del pecho y retorciéndolo entre sus ramas.
Y la Tierra será como un campo de batalla, donde se mezclará la sangre de los vencedores y de los vencidos, donde se oirán los gemidos de los Perfectos, donde Nosotros, Hijos de las Tinieblas, nos regodearemos en su dolor y nos bañaremos en sus lágrimas y en sus mudas súplicas, pues habremos de cortarles la lengua y sacarles los ojos y las entrañas, abandonando sus vacíos y Hermososo cuerpos a las aves de rapiña.
Las hogueras arderán y la carne y los huesos se calcinarán. Y entonces, sólo entonces, Nosotros gobernaremos el Mundo.
Porque así está escrito y así se ha de cumplir.
Palabra de la Señora del Sagrado Templo.
[...] Isabelle, sentada en el último travesaño de una escalera de mano, vio cómo Jean Tournier pintaba el nicho de azul intenso, del color del cielo despejado al atardecer. Cuando estaba terminando, el sol salió de detrás de un ejército de nubes e iluminó de tal manera aquel azul que Isabelle juntó las manos detrás del cuello y apretó los codos contra el pecho. Al tocarla los rayos del astro rey, sus cabellos adquirieron un tono cobrizo que no desapareció con la puesta de sol. Desde aquel día la llamaron La Rousse, por la Virgen María.
Luego el otro día de buena madrugada,
levantóse a duenya ricamente adobada;
pilsó una viola buena e bien tenprada,
e sallió al mercado violar por soldada.
Començó unos viesos e unos sones tales,
que traien gran dulçor e eran naturales.
Finchiense de omnes apriesa los portales,
non les cabien en las plaças, subiense a los poyales.
Quando con su viola hovo bien solazado,
a sabor de los pueblos hovo asaz cantado,
tornóles a rezar un romance bien rimado
de la su razón misma por ó havía pasado.
Fizo bien a los pueblos su razón entender,
más valíe de cient marcos ese día el loguer.
Cierro los ojos y te veo; los abro y ya no estás aquí.
Sentado en tu trono de hielo, señor de tu mundo de sombras. El gélido viento del Norte mece tus cabellos de azabache, que me impiden ver tu rostro.
Es difícil llegar hasta ti, Mi Señor, teniendo que subir las escaleras de cuerpos amontonados y descompuestos, restos, despojos humanos aún sangrantes… Es difícil llegar hasta ti si he de pasar por encima de los demás.
Bajo la mirada, avergonzada, no me atrevo a mirar tus ojos glaciales. Una lágrima se escurre por tu mejilla de alabastro, y seguida otra, y la luz rojiza de esta Luna infectada las hace parecer de sangre. Se forma un pequeño lago sobre tu labio superior, como cuenca la cicatriz que lo atraviesa, y, súbitamente, desciende por tu barbilla como un río salado.
¿Por qué lloráis, Mi Señor?
Eres el Inquisidor de mi alma, de mi negro y hereje corazón.
Abro los ojos, y siento el calor. Las llamas ascienden y muerden mi piel desnuda, y el olor acre del fuego invade mi nariz. Lloro al descubrir que no es el calor de tu cuerpo el que me abraza, sino el de la hoguera.
Y, de pronto, te veo frente a mí. La cruz blanca resplandece sobre tu pecho, y el gélido viento revuelve los bajos de tu túnica negra de Inquisidor…
¿Por qué lloráis, Mi Señor?
¿Es acaso por verme arder en la hoguera de tu destierro?
Lady Sádikah:
Era ella. La operística e insuperable "femme fatale" de mis relatos hecha carne y lencería. Tenía la piel más pálida que había visto jamás y el pelo negro y brillante cortado en un ángulo recto que enmarcaba su rostro. Sus labios estaban pintados de lo que parecía sangre fresca, y auras negras de sombra rodeaban sus ojos verdes. Se movía como un felino, como si aquel cuerpo ceñido en un corsé reluciente como escamas fuese de agua y hubiera aprendido a burlar la gravedad. Su garganta esbelta e interminable estaba rodeada de una cinta de terciopelo escarlata de la que pendía un crucifijo invertido. [...] En toda mi vida nunca había visto nada tan hermoso, ni que me diese tanto miedo.
[A mi caballero Templario, el de la armadura gélida,
al que me ha condenado al destierro en su reino de hielo]
♥
Versos a mi caballero,
palabras a mi Templario,
para que la luz de su reino cruzado
me ilumine y me guíe
en el Infierno al que su corazón
me ha desterrado.
♥
Versos a mi Templario,
palabras a mi caballero,
que bajo el Sol ardiente
combate en santa guerra.
Bajo Sol ardiente como la fragua,
recuerdos gélidos desde su amada…
♥
Palabras a mi Templario,
versos a mi caballero,
para que bajo la cruz sangrante de la victoria
y el regocijo del Señor en su alma
pueda regresar y sus labios
yo volver a besar…
♥
Versos a mi caballero,
palabras a mi Templario…
♥