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Posts Tagged ‘Cosas morbosas y extrañas’

(… Reescrito sobre un trabajo presentado por Soraya Cuesta)

La leyenda de la Bruja de Blair

“… El 21 de octubre de 1994, tres estudiantes de cine desaparecieron en los bosques de Maryland mientras filmaban un documental sobre la leyenda de la Bruja de Blair. Un año más tarde se encontró el material que habían filmado”.

Es ésta la frase que inicia, a modo de advertencia, la cinta titulada “El proyecto de la Bruja de Blair” (creo que una de las primeras películas de miedo que de verdad he disfrutado, pues antes no me gustaban), la primera de las dos partes rodadas acerca de la leyenda con el mismo título. Fueron películas de gran éxito en su estreno, aunque “El Libro de las Sombras”, la continuación, no tuvo el renombre esperado.

Alguna de las curiosidades de la primera película son:

♦ Gran parte de la película está rodada en blanco y negro, como si de verdad fuese un documental.

♦ Sólo se rodó en 8 días.

♦ Los protagonistas usaron sus nombres reales para darle más interés.

♦ Para hacerlo más creíble, en algunas páginas webs, al lado de la foto del protagonista se puso que estaba en paradero desconocido.

♦ Muchas de las frases eran improvisadas y muchas cosas de las que pasan en la película aparecieron por sorpresa.

♦ Trabajaban por las noches para darles más misterio y alguno de los protagonistas lloró de verdad.

Hay varias versiones de leyenda circulando en Internet, pero la mayoría de ellas coinciden en muchas cosas, con lo que podríamos considerar el fragmento siguiente como una pequeña adaptación.

En febrero de 1785, Elly Kedward, habitante del pueblo de Blair, es acusada por unos niños por haberles engañado y llevado hasta su casa para sacarles sangre. Siguiendo las normas y leyes del pueblo, la mujer fue atada a una carreta y arrastrada hasta el bosque del lugar para ser abandonada a su suerte en el frío del invierno. Tras no verla por los alrededores los lugareños dieron por hecho que había muerto y se olvidaron del tema. Fue un grave error.

Un año después, la hija del magistrado del pueblo desapareció en la primera noche de nevada sin dejar rastro. La semana siguiente el principal acusado del delito desapareció en las mismas circunstancias y al final del invierno la mitad de los niños del pueblo habían desaparecido de forma misteriosa. Temiendo una maldición por haber abandonado a Elly Kedward, la mayoría de los lugareños abandonó el lugar.

En 1824 se funda Burkittsville sobre los restos del pueblo de Blair. Se dice que ninguno de los fundadores conocía la historia.

Uno año más tarde once vecinos aseguran que vieron una mano de una mujer pálida salir de las aguas del río Tappy East, que cruza la localidad. La mano desapareció sin poder ser investigada. Tiempo después una niña de diez años se metió en el río; nunca se encontró su cadáver ni se volvió a saber de ella. Tras desaparecer la niña, el río se llenó de ramas grasientas que contaminaron el agua.

Unos sesenta años después, una niña de ocho años se perdió en el bosque y varios equipos de salvamento fueron a buscarla. La niña volvió acompañada de casi todos los equipos, aunque uno nunca regresó. Semanas más tarde se encontraron los cuerpos en Coffin Rock (en el bosque cercano al pueblo) atados de pies y manos, destripados completamente y colocados en forma de estrella de cinco puntas.

Desde 1940 hasta 1941 van desapareciendo progresivamente siete niños en condiciones extrañas.

En marzo de 1941 una anciano, Rustin Parr, llega gritando al mercado: “¡Por fin he terminado!”. Tras un interrogatorio sin éxito, les indica a los policías que acudan a su cabaña, donde encuentran los cadáveres de los siete niños con signos de violencia y alguno incluso destripado; parecía que todos habían formado parte de algún ritual diabólico. Rustin Parr declaró que lo hizo porque una voz dentro de él, la voz de la anciana, le ordenaba cómo y cuando tenía que matar a los niños; se los llevaba de dos en dos y mientras mataba a uno al otro le dejaba en la esquina mirando a la pared porque no soportaba que le observasen. Cuando acababa con el primero mataba al segundo.

En 1994, tres jóvenes intentan averiguar la verdad sobre la bruja de Blair y se acercan a Burkittsville a grabar un documental. Entrevistan a varias personas del pueblo, entre ellas Mary Brown, una anciana a la que toman por loca, ya que afirma haber visto a la bruja de Blair cerca de un riachuelo. La descripción que da de la bruja es de un ser extraño: su parte humana era femenina, pero también afirma que tenía mucho pelo por los brazos y las piernas entremezclado con algún rasgo animal. Tras entrevistar a algunos lugareños se adentran en el bosque con el fin de encontrar Coffin Rock, a unos veinte minutos del pueblo. Tras llevar en el bosque unos días descubren que una extraña presencia les está atormentando; les rompe las brújulas, se les pierden los mapas. Nunca se volvió a saber nada de los tres jóvenes, sólo quedó de ellos su equipo de audio y sus vídeos.

Años más tarde, un universitario al que le intrigaba mucho el caso de la bruja de Blair decide organizar una expedición con sus compañeros de universidad para investigar el caso sobre la bruja de Blair. Tras acampar toda la noche en el extraño bosque se despiertan con la sensación de no haber dormido y en medio de una escena de destrucción total. Cuando regresan a casa se dan cuenta de que no han vuelto solos, alguien o algo ha vuelto con ellos.

Para más señas, ambas películas.

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Relato original escrito para El Gremio de Escritores.

La Alquimia era la única actividad que ocupaba su tiempo y sus grandes dotes, el único oficio que era digno de su habilidad y de sus cualidades, tanto físicas como mentales, por lo que pasaba todo el día encerrada en sus aposentos, los sótanos de una ruinosa casa de las afueras del recinto amurallado, una hermosa mansión gótica con aires decadentes.

Una única gota transparente, brillante y hermosa como un pequeño diamante líquido y valiosamente preciada, se escurrió en el interior de la copa de nívea plata e incrustaciones de rubíes que descansaba sobre la única mesa del diminuto cuarto, procedente de uno de los numerosos alambiques que allí había.

Ella saltó con avidez sobre la joya en forma de copa; su cabello de fuego ardiente refulgió en la penetrante oscuridad, que unas pocas velas de llama titilante apenas conseguían arrinconar en las esquinas. Sus ojos albinos, una mezcla entre el rosa y el violeta brillante, destellaron en una miríada de reflejos irisados al ser rozados por la luz del recipiente plateado. Sus dedos pálidos como el más puro alabastro acariciaron el metal y recorrieron todas las facetas y llagas de los diamantes de sangre, lengua se deslizó sobre sus labios rojos y carnosos, perfectamente dibujados en un rostro altivo y blanco.

Hundió los dedos en el líquido transparente, que apenas llenaba un cuarto de la copa, y un desagradable siseo reverberó en las desnudas paredes de la habitación. Se lamió la mano sangrante y en carne viva, y el fluido se escurrió por su gargante de forma deliciosa, tibio y espeso, como a ella le gustaba.

Afuera, entre las sombras del pequeño salón que hacía las veces de recibidor, la esperaba él, y no dudaba de que aquélla iba a ser su bebida favorita, al menos desde el momento en que la probase. Sonrió para sí y salió de la habitación, a su encuentro.

Sus ojos ambarinos destellaron salvajemente en la penumbra, y eso lo delató: inmediatamente supo ella dónde se ocultaba.

La muchacha dejó caer los pesados ropones que cubrían su cuerpo, y la luz de las velas se reflejó en su piel marmórea. En ese mismo instante, la sangre fluyó tibia por entre sus muslos, y, con toda la naturalidad del mundo, llenó la copa hasta que por fin el espeso líquido rozó el borde del recipiente.

Se acercó al joven que la esperaba, y le tendió la copa rebosante, posando el frío metal sobre sus labios entreabiertos con una sonrisa lujuriosa. Él bebió con rapidez, tragando el brebaje, mientras la amante se inclinaba sobre su rostro y le cubría de caricias la piel.

El beso final fue apasionado, con el toque metálico de la sangre. La garganta le ardía mientras el líquido brillante y mortal que le había ofrecido ella le llegaba al estómago.

Estalló de dolor cuando el Infierno se desató en sus entrañas.

Pero tenía un sabor tan dulce… y ella era tan hermosa…

Khaine Bride

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El exorcismo es un ritual mediante el cual se pretende expulsar del mundo material de los vivos a un ente sobrenatural alojado en un objeto o ser vivo. Estos entes pueden ser espíritus, demonios o brujos, u otros muchos seres de diferentes características y condiciones. El poseído, a su vez, puede ser una persona o animal, un objeto e inluso un lugar físico, como un pueblo o una casa.

Los exorcismos pueden ser simples o solemnes.

El exorcismo simple es el más simple y, por lo tanto, el más fácil de realizar: es el rito del bautismo.

El exorcismo solemne es un ritual que sólo puede ser celebrado por un sacerdote con el permiso de la Santa Sede. El obispo da permiso al sacerdote, tras haber sido aprobado por el Papa, para realizar el exorcismo. Solo un exorcista con la debida licencia puede verificar la verdadera posesión diabólica y llevar a cabo este ritual. Sólo realizado por un exorcista avalado por el Papa llegará a realizarse con éxito.

El exorcismo tiene como punto de partida la fe de la Iglesia, según la cual existen Satanás y los otros espíritus malignos. Estos demonios son ángeles caídos a causa de sus pecados, seres espirituales de gran inteligencia (maquiavélica) y poder. Así como Jesús es la Verdad, el diablo es el mentiroso por excelencia.

Desde siempre, la mentira ha sido su estrategia preferida.

El exorcista por excelencia es Jesús: en su nombre se ha de realizar todo exorcismo.

Jesús otorgó a todos los humanos el don de exorcizar, siempre que lo hicieran en Su nombre y mediante la fe y la oración.

El exorcista ha de ser un hombre en buen estado físico, entre los treinta y los sesenta años, con una fe inquebrantable y mucho más interesado en servir a Dios que en las cosas mundanas. No es necesario que sea excepcionalmente culto, pero si que cuente con una amplia experiencia en Demonología, pues en el trato con estos entes se basa su trabajo. No debe poderse alterar su ánimo fácilmente, y ha de seguir los preceptos cristianos en su vida cotidiana. No tiene obligación de ser sacerdote o pastor, aunque muchos de ellos lo sean.

Para discernir una posesión diabólica real, han de seguirse unos criterios universales en el mundo del exorcismo:

La principal es una aversión persistente hacia Dios, la Virgen los santos, la cruz y las imágenes sagradas, aunque junto cos esra pueden darse simultáneamente otros fenómenos que por si solos podrían ser un don especial de Dios, pero en caso de posesión se manifiestan para mal:

† Hablar con muchas palabras de lenguas desconocidas o entenderlas.

† Hacer presentes cosas distantes o escondidas.

† Demostrar más fuerzas de la habitual en la persona poseída.

Para poner punto y final a la posesión, el exorcista ha de seguir unas pautas ya marcadas y un determinado orden de las mismas:

† Se ha prestar una atención especial, además de a las oraciones propias del exorcismo, a los gestos y a los ritos. Éstos son tales como la señal de la cruz, la imposición de manos y la aspersión con agua bendita.

† Se comienza con la aspersión con agua bendita, puesto que es símbolo de purificación en el bautismo.

† Siguen unas letanías, con la que se pide para el poseído la misericordia de Dios.

† Tras este acto, el exorcista puede recitar uno o varios salmos, que imploran la protección del Altísimo y alaban la victoria de Cristo sobre el Maligno.

† Después se proclama el evangelio, como signo de la presencia de Cristo.

† El exorcista impone las manos sobre el atormentado, para lo que se invoca la fuerza del Espíritu Santo a fin de que el diablo salga de él, que por el Bautismo fue hecho templo de Dios.

† Se recita el Credo o se renueva la promesa de fe del Bautismo con la renuncia a Satanás. Sigue el Padrenuestro, en el cual se le pide a Dios que nos libre del Mal.

† Finalizado todo esto, el exorcista enseña la Cruz, y hace la señal de la cruz sobre él, a través de lo cual se manifiesta el poder de Cristo sobre el diablo.

† Se dice una oración de petición, mediante la que ruega a Dios, y una oración imperativa por la que, en nombre de Cristo, se le ordena al diablo abandonar el cuerpo del poseído.

† El rito concluye con un canto de acción de gracias, una oración y la bendición.

Fuentes empleadas:

† Wikipedia, la enciclopedia libre: Exorcismos.

www.corazones.org: Exorcismo.

http://webs.ono.com/exorcista: El Exorcismo

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Nathan apuntó a nada en particular y disparó. El sonido de la bala al impactar contra uno de los cadáveres reverberó en la noche. El resto del grupo apenas se inmutó, y no le prestó atención al caído.

Uno de ellos, el que estaba al frente del numeroso grupo, extendió el brazo en dirección a Maggie y murmuró algo, que entre las astillas de sus dientes sonó como el silbido de una locomotora.

La chica cayó de rodillas, mientras la sangre le brotaba de los oídos y de la boca, y los ojos parecían salírsele de las órbitas. Sonidos guturales escapaban de su garganta, y las lágrimas comenzaron a escurrirse por sus mejillas.

Nathan, olvidándose de la cerilla, disparó, pero en el instante en que la figura se desplomó y el gorgoteo sibilante cesó, supo que ya era demasiado tarde.

Se arrodilló junto a la joven y le sujetó la cabeza. Maggie murmuró algunas palabras ininteligibles, mezcladas con un torbellino de babas y sangre. Los ojos comenzaron a bizquearle, y sintió que la sangre que brotaba de los oídos de la chica le manchaba las manos, caliente y espesa.

-¡Maggie!-gritó Nathan, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas-¡No puedes irte ahora! ¡Maggie, no!-le palmeó la mejilla, pero la chica ya había cerrado los ojos; unos ojos que nunca más volverían a ver la luz del Sol.

Dejó el cuerpo de la chica sobre la hierba húmeda, tras cerrarle los ojos y besarle ambos párpados, cerca del círculo de llamas que comenzaba a expandirse. Sabía que si dejaba el cuerpo a merced de los Malditos, se convertiría en uno de ellos. Y por nada del mundo pensaba que la chica sufriera más de lo que ya había sufrido. Se había arriesgado a venir hasta Silent Hill para salvarles la vida, y lo mínimo que podía hacer él ahora que había muerto era garantizarle el descanso eterno.

Las llamas lamieron, ávidas, el cadáver de Maggie, mientras ascendía al cielo un penetrante olor a carne quemada.

Una veintena de gritos de dolor, desgarradores y estridentes, llenaron la noche. Nathan cayó de rodillas en el suelo, tapándose los oídos, intentando evitar los gritos y medio asfixiado por el humo y el olor a carne quemada.

Los espectros ardían, aullando de rabia, mientras sus huesos calcinados se consumían y quedaban reducidos a cenizas. Una fuerte ráfaga de viento gélido, procedente del norte, esparció las cenizas al viento, haciendo también que las llamas aumentaran.

Los ángeles de mármol, las tumbas y hasta los cipreses desaparecieron entre las llamas.

Los ángeles sufrían en la oscuridad por la muerte de su cementerio, y Nathan se tapó los oídos para no oír el llanto silencioso de los espectros. En un último instante de lucidez, se abrazó a Derek y la besó los labios, sintiendo cómo las lágrimas de la chica resbalaban por sus propias mejillas.

-The End-

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He decidido que, antes de iniciar la Temporada Histórica, he de finalizar con la publicación de “Unusual Night”, sección constituida por fragmentos de “Halloween”, una novela que escribí hace un par de años.

De todas maneras, al estar cercano el inicio del curso, el ritmo de publicación del blog cambiará. Los domingos me dedicaré a seleccionar tres trmas (dos históricos, más un post de mi propia cosecha) de la semana, e imprimiré las informaciones. A lo largo de la semana los iré perfeccionando y serán publicados el viernes, sábado y domingo. Espero así mantener la regularidad de publicación, así como los post históricos, y, que no falten, las historias de terror plagadas de sangre y viscerillas.

♥ 

Nathan y Derek, seguidos de cerca por Maggie, caminaban entre las lápidas, hundiéndose hasta los tobillos en el barro, avanzando hacia el fondo del cementerio. Las estatuas de los ángeles, con sus fríos ojos de mármol, espiaban a los jóvenes desde sus pedestales, ocultos tras los cipreses, hundidos en el barro y en la niebla.

Nathan miraba a izquierda y a derecha, sujetando la pistola con las dos manos, observando las estatuas, que parecían estar mirándolos. Por un instante, creyó ver un destello rojo en los ciegos y blanquecinos ojos de uno de los ángeles, que le miraba desde las alturas, con una corona de rosas con espinas sobre la frente y un libro de mármol negro entre las manos pálidas.  Nathan se aproximó más a Derek, que ya le llevaba una buena ventaja. Comenzaba a dejarse entrever entre la niebla la valla que delimitaba el cementerio.

-¿Qué vas a hacer, Derek?-preguntó el chico, reteniéndola e impidiéndola avanzar.

La chica se escabulló de los brazos de Nathan y se dirigió hacia un enorme panteón, que, franqueado por dos enormes ángeles de mármol con rosas en las manos, se alzaba y recortaba su silueta oscura contra el cielo, justo al fondo del cementerio. La chica abrió la puerta y se introdujo dentro del pequeño habitáculo. Encendió una cerilla y la echó sobre un montón de hojas secas que se arremolinaban en el suelo, mecidas por el viento.

-No dudes en disparar a todo el que se acerque, Maggie-dijo Derek, viendo que Nathan se quedaba parado, muerto de terror y mudo del asombro.

-¡¿Qué estás haciendo?!-exclamó Nathan, cogiéndola del hombro y mirándola a los ojos.

-Vamos-acentuó mucho la palabra-a quemar las tumbas de los engendros estos y vamos  ayudar al mundo-explicó.

-¡¿Qué?!-exclamó Nathan-¡Están muertos! ¡No van a renunciar a matarnos porque quememos sus tumbas! ¡No se marcharán hasta que no nos vean en un hoyo! ¡Y sabes de sobra que hablo en serio!

-¡Te equivocas completamente, Nathan Williams!-gritó Derek-¡De sobra sabes que me da un asco horroroso tener que ir por un cementerio la noche de Halloween quemando las tumbas de unos niños que murieron hace diecisiete años, pero si les mantenemos alejados de sus hoyos no tendrán dónde cobijarse! ¡Si quemamos las fosas quemamos una parte de su ser! ¡No voy a renunciar a salvarnos porque tú tengas miedo!

La chica se dio la vuelta, dirigiéndose a la segunda tumba.

-Vamos, Nathan, ayúdame-pidió Derek, intentando levantar la sepultura.

Nathan farfulló algo entre dientes, y se arrodilló junto a la tumba. Juntos levantaron la pesada tapa, y la joven lanzó una cerilla al fondo del hoyo.

-No tardarán en darse cuenta de lo que estamos haciendo-comentó Derek, cuando se disponían a quemar la décima tumba.

-Menudo aliento-murmuró Nathan, sacando la pistola del bolsillo de su sudadera.

-¡Daos prisa, joder!-urgió Maggie, cargando el rifle y sujetando el machete con los dientes. Miró en derredor desesperada, con las pupilas dilatadas y los ojos empañados por las lágrimas.

Nathan restregó la última cerilla contra la caja, pero ésta no prendió.

-¡Mierda!-exclamó-¡No puedo!

Derek daba vueltas en círculos, vigilante, mientras la niebla se arremolinaba en torno a sus tobillos.

-Date prisa, por el amor de Dios-suplicó Maggie, mientras las primeras lágrimas resbalaban por sus mejillas como diamantes líquidos.

Como había previsto Derek, minutos después, cuando ya casi habían acabado de destruir las veintitrés sepulturas de los niños muertos en el incendio, unos gritos estridentes desgarraron la silenciosa noche.

Derek se tapó los oídos, y Nathan soltó la cerilla que sostenía en aquel momento. Veintiuna fosas ardían, perturbando la noche con el crepitar de las llamas y el olor penetrante de la madera quemada. Los ángeles que custodiaban las tumbas desaparecían, hundidos en el barro y cubiertos por las altas llamas.

Nathan, paralizado de terror, no sabía cómo reaccionar. Veintitrés niños les rodeaban, estrechando el círculo cada vez más. Sus ojos rojizos brillaban sádicos a la luz de las llamas. Extendían sus huesudos y quemados brazos hacia los jóvenes, intentando agarrarles.

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Una joven de unos quince años, ataviada con unos vaqueros rotos y ajustados y una mugrienta camiseta de los New York Yankees se perfiló contra la niebla. Sus ojos azules estaban desmesuradamente abiertos, y el cabello oscuro le caía apegotonado a ambos lados del rostro, que era de tez pálida y cubierta de pecas. De un ancho cinturón de cuero le colgaban un cuchillo de hoja dentada, una hoz y una pistola pequeña. Llevaba colgado al hombro un rifle de caza, y su cara aparecía manchada de barro y ceniza, mezclados con la sangre reseca que manaba de un profundo corte abierto en su mejilla. De su cuello colgaba una basta cruz de madera que Nathan reconoció al instante.

-¿Maggie?-inquirió, sintiendo el impulso de abrazar a la joven.

-¡Dios, gracias a Dios que estás bien!-exclamó ella, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas sucias.

Nathan la abrazó, apretándola contra el pecho, mientras ella lloraba.

-Maggie, ¿qué haces aquí?

-No podía dejaros marchar. No sabiendo adónde ibais-explicó la muchacha resueltamente.

Nathan sonrió, agradeciendo la repentina aparición de la chica.

Ella los examinó de arriba abajo y abrió la mochila que llevaba colgada a la espalda. Le tendió a Nathan un crucifijo de metal de unos veinte centímetros de largo, y otro más pequeño para que se lo colgara del cuello. Además le dio un puñado de cuchillos de cocina metidos en burdas fundas de tela y una pistola pesada y al parecer antigua.

Le dio un crucifijo igual a Derek, además de otra hoz y un largo cuchillo de carnicero. Finalmente, ella se quedó con el fusil y un machete corto.

-Los vamos a necesitar-dijo tranquilamente, sonriendo ante la mirada atónita de Derek.

Se colgó la mochila a la espalda otra vez y se puso en pie.

-¿Qué vamos a hacer para acabar con todos?-inquirió Maggie, mientras caminaban por la acera cubierta de basura en dirección a las afueras del pueblo.

Derek le dedicó una sonrisa enigmática, y Maggie asintió, resignada, sabiendo que ella no hablaría.

-Puedes guardarte el plan para ti sola-dijo con voz hostil, frunciendo el ceño.

Derek soltó una débil carcajada.

-Debemos darnos prisa antes del amanecer-dijo Nathan, sujetando con fuerza uno de los cuchillos que le había dado Maggie.

Derek apretó la marcha un poco más, hasta que por fin paró delante de una enorme verja de hierro, franqueada por las estatuas de dos ángeles de mármol, cada uno de unos dos metros de altura. Maggie abrió la boca, con los ojos desmesuradamente abiertos, pero finalmente no dijo nada.

-¿El… el cementerio?-preguntó Nathan, sacando la pistola del bolsillo.

Derek asintió, empujando las enormes puertas de hierro. Estas se abrieron con un chirrido metálico, y los tres chicos entraron; Nathan agarrando la pistola con fuerza.

Los restos del cementerio se mantenían intactos, ya que, al estar alejado del pueblo, las llamas no habían llegado a devorarlo. El camposanto ocupaba la mayor parte de la colina, y centenares de lápidas de piedra blanca, húmedas por la lluvia y cubiertas de musgo por el paso de los años, les rodeaban. Decenas de ángeles de mármol blanco se hundían en el barro, acechando en los rincones más inesperados como siniestros vigilantes. Las gotas de agua resbalaban por las mejillas de mármol de las estatuas, que lloraban en silencio por las almas de los fallecido, ligadas a Silent Hill a causa del Destino. Los cipreses se alzaban hacia el cielo, y su figura se recortaba contra la oscuridad, iluminados apenas por la escasa luz de la luna. Había dejado de llover hacia rato, pero la niebla seguía cubriendo el paisaje, asentada a ras del suelo, haciendo que los chicos tropezaran con las lápidas.

A Nathan le entraron náuseas, y frunció el ceño, intentando abrigarse del frío matinal, envolviéndose más en la sudadera. Comenzaban a sudarle las manos del miedo y del nerviosismo, y le era difícil sostener la pistola.

Maggie avanzaba tras ellos, unos metros por detrás, con el machete y el crucifijo en alto, vigilando la puerta y observando a la vez a su alrededor, fascinada.

Derek, a su vez, estaba muy tranquila. Demasiado tranquila, quizás, para tratarse de una noche de Halloween en la que todos estaban a punto de morir. Pero ella sabía con determinación lo que tenía que hacer, y estaba muy segura de sí misma. Demasiado, quizá.

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La verdad es que esta semana ando con los ánimos literarios por los suelos, así que no me queda más remedio que continuar con los fragmentos de “Halloween”, que, por otra parte, es un texto que ya pasó a la Historia, porque me he jurado a mí misma que ya no trataré de corregirlo ni de mejorarlo.

He de advertir que, como no habéis leído la historia desde el inicio, probablemente no conozcáis a los dos personajes que aparecen en el siguiente fragmento, así que trataré de explicarme un poco: se trata de Nathan y Derek, dos jóvenes problemáticos (él, atacado por una esquizofrenia leve, trasladado a América tras el asesinato de su padre en Francia; ella, una refugiada que se escapó de la custodia de su padre a la muerte de su madre) que conviven juntos en una casa en Nueva York, y que deciden pasar las festividades de Halloween en el pueblo de Silent Hill con otros cuatro amigos.

En cuanto a “Los Malditos” citados en la novela, se trata de los niños muertos en el incendio del pueblo durante una noche de Halloween. Que, evidentemente, resucitaron para cobrarse la venganza.

Un trueno restalló en el cielo, y se oyó en la lejanía el aullido de un lobo. No sabría decir si fue aquéllo lo que le impulsó a correr colina abajo o los inquietantes sollozos de Derek que le conmovían, pero bajó por el sendero lo más aprisa que pudo, jadeante y resbalando en el barro y en las hojas empapadas que alfombraban el suelo.

Alcanzó a la chica en el cartel que indicaba el camino a Silent Hill y la abrazó, respirando entrecortadamente.

-Lo siento, Nathan… -dijo ella, con los ojos arrasados en lágrimas.

A sus espaldas, el viento mecía las ramas de los árboles, y la luz de un repentino relámpago iluminó el cielo. Las primeras gotas comenzaron a caer, y no tardaron en convertirse en un verdadero diluvio. Detrás de ellos, procedente de la espesura del bosque, se oyó un gemido desgarrador, y Nathan y Derek se volvieron bruscamente, atemorizados ante aquel inhumano sonido.

-¡Corre, Nathan!-gritó Derek, saltando la pequeña barandilla de madera que delimitaba los terrenos de la cabaña-¡Ya vienen!

El chico, jadeante, se apresuró a saltar la cerca, sacando del bolsillo la pistola, aunque sin atreverse a mirar atrás.

Derek se escabulló entre los árboles, siguiendo el sendero que bajaba la colina en dirección al pueblo.

-¡No podemos ir al pueblo, Derek!-le avisó Nathan-¡Allí hay más!

-¡Tampoco podemos volver!

Detrás de ellos, los Malditos avanzaban como podían. La mayoría de ellos, mutilados, se arrastraban por el suelo, haciendo crujir las hojas que alfombraban el bosque. Los que aún se sostenían sobre sus dos piernas sostenían rastrillos, hoces y hasta guadañas y palas.

Poco a poco, los árboles se fueron dispersando, dando paso a los arbustos bajos y la hierba húmeda del valle. Las primeras casas desvencijadas de Silent Hill comenzaban a surgir de entre la bruma.

Al llegar al pie de la colina, al valle donde descansaban los restos chamuscados del pueblo, Derek y Nathan estaban empapados. Había dejado de llover, pero el agua chorreaba por el cabello claro de la chica, y resbalaba por las pálidas mejillas de Nathan. Derek notaba cómo la camiseta empapada se le pegaba a la piel y que el frío de noviembre le entumecía los músculos. El alba aún no había comenzado a despuntar por el este, por lo que los chicos caminaban a tientas en la oscuridad. Parándose frente al roñoso cartel que les daba la bienvenida a Silent Hill, Nathan se volvió hacia Derek.

-¿Qué piensas hacer ahora?-preguntó, mirándola a los ojos.

La chica sonrió enigmáticamente, dándole la espalda y comenzando a caminar hacia el centro del pueblo.

Nathan, siguiéndola a distancia, metió la mano en el bolsillo derecho de la sudadera. Se sintió algo más seguro al tocar la pequeña pistola que llevaba siempre consigo. La pistola que no dudaba en utilizar si era necesario.

Los aullidos de los Malditos reverberaron en la noche, y Derek se volvió, con todos los sentidos alerta y con la hoz en la mano. Sin previo aviso, dejó atrás a Nathan.

-¡Corre!-le gritó la chica, que corría unos cuantos metros por delante de él.

Los dos jóvenes torcieron la esquina y los Malditos desaparecieron de su vista. Derek le agarró un brazo y lo empujó a un callejón oscuro que despedía un pestilente olor a carne quemada y en descomposición. Nathan se agazapó junto a un cubo de basura lleno a rebosar y esperó. La chica desenfundó el cuchillo y la hoz, sosteniendo cada arma en una mano. Le hizo un gesto de silencio y se asomó a la calle principal.

No había ninguna señal de los Malditos, pero Derek quería asegurarse bien, por lo que se obligó a esperar un poco más, a pesar de las terribles fuerzas mentales que la obligaban a huir.

A lo lejos, en el principio de la calle, empezaba a formarse una sombra oscura que contrastaba con la blancura de la niebla. Derek alzó la hoz y se escondió más, apretándose contra la fría y mugrienta piedra de la pared.

Poco a poco, la sombra comenzó a tomar forma humana, y Derek suspiró aliviada.

-¿Quién anda ahí?-inquirió una voz femenina, parándose frente a la boca del callejón.

Derek bajó el arma, y Nathan salió de detrás del cubo de basura, sosteniendo la pistola en alto.

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